TERAPIA BASADA EN LEGO® PARA EL DESARROLLO DE HABILIDADES SOCIALES

niños lego

La Terapia con LEGO® fue creada  e investigada por  Daniel LeGoff , neuropsicólogo en EE.UU, por más de 15 años. El año pasado  Gina Gómez de la Cuesta, Simon Baron-Cohen y colaboradores editaron el primer libro.

El programa anima a los niños con déficits en lo social a comunicarse unos con otros y a resolver un problema mediante la construcción con bloques. Cuando se trabaja en parejas, el “ingeniero” da descripciones verbales de las piezas necesarias e instrucciones para el armado. El “constructor” sigue las instrucciones, recoge y junta piezas.  Los roles se cambian, de modo que ambos tienen la oportunidad de ser “ingeniero” y “constructor”. Esta división del trabajo con un propósito común permite practicar la atención conjunta, tomar turnos, compartir, solución conjunta de problemas, habilidades de escucha y de comunicación social.

El papel del terapeuta no es señalar los problemas sociales específicos o dar soluciones a las dificultades sociales, sino destacar la presencia de un problema y ayudar a los niños a llegar a sus propias resoluciones. El terapeuta puede recordar a los niños las estrategias en un futuro si se presentan dificultades similares.

El TALLER DE LEGO® fue desarrollado en gran medida por el interés y la motivación para participar mostrado por estos niños que de otra manera podrían ser resistentes o distante en situaciones sociales con los compañeros.

Una de las razones para el desarrollo de este enfoque fue el hecho de que, aunque muchos niños con TEA y otras condiciones pueden aprender a responder de manera adecuada a los ejercicios de habilidades sociales, la generalización a nuevos escenarios en la vida cotidiana era a menudo sin éxito.

La elección de los materiales de juego LEGO® como la base para una terapia de desarrollo social se basa en cierta medida en el concepto de “aplicación constructiva“, es decir, el uso de los propios intereses del niño para motivar el aprendizaje y el cambio de Attwood (Attwood 1998, p.96).

Por lo tanto, se ha recomendado que los intereses y / o comportamientos idiosincrásicos de los niños pueden utilizarse para promover el aprendizaje de los social, la comunicación y habilidades de juego (Attwood 1998; Greenspan y Wieder 1998; Koegel y Koegel 1995).

La idea inicial de utilizar LEGO® como herramienta de terapia de forma estructurada e integral con el fin de aumentar la motivación de participar e interactuar con sus compañeros surgió de una observación accidental. Dos pacientes de ocho años y con diagnóstico de síndrome de Asperger, se encontraron jugando con entusiasmo y hablando juntos en la sala de espera. Habían traído casualmente creaciones LEGO® al consultorio ese día, y como uno se iba y el otro estaba llegando, se descubrieron entre sí. Estos dos niños habían demostrado previamente poco o ningún interés en el otro, y tenía poca motivación para la interacción social en general. Después de una reunión con sus padres, nos pusimos de acuerdo para tratar de trabajar con ellos dos juntos usando LEGO® como un medio para que puedan comunicarse y para motivarlos a continuar la relación. Trajeron construcciones LEGO® para compartir y conjuntos de LEGO® fueron proporcionados para crear en forma colaborativa.

Estaban motivados claramente para completar nuevos conjuntos de LEGO® y cooperar plenamente con las estrategias de desarrollo de habilidades sociales como compartir, tomar turnos, haciendo contacto visual en su caso, seguir las reglas sociales, y utilizando saludos y nombres. El cumplimiento no era un problema, siempre y cuando se les permitió construir sets LEGO®. Una estrategia clave para el sostenimiento de la interacción era involucrarlos en la construcción de conjunto: a uno se les dio las piezas LEGO® para armar, y al otro las instrucciones visuales. El “Ingeniero” estaba obligado a dar descripciones verbales de las piezas necesarias e instrucciones para el montaje de ellos, mientras que el “constructor” siguió sus instrucciones, buscaba y ponía las piezas juntas.

Estrategias de terapia basada en LEGO® también evolucionaron, los miembros trabajaron en parejas o en equipos de tres, con un proyecto en conjunto y objetivo determinado.

Por primera vez para la mayor parte de los participantes, ellos identificaron con un grupo de pares, y comenzaron a estar motivados por la aprobación social y el estatus social dentro del grupo.

El TALLER DE LEGO® fue inmediatamente popular entre los padres porque sus hijos estaban muy motivados para participar en la terapia.

Los beneficios de compartir materiales e ideas, de corresponder esfuerzos, es a menudo difícil de alcanzar. Sin embargo los participantes expresan una idea acerca de los beneficios de la realización conjunta.

Hemos observado en nuestro taller  ROBOTEA  que en la construcción  con bloques y en la interacción con el robot social “Gyro Boy”  se produce un juego colaborativo de intercambio y diversión.

 

“El mejor tipo de terapia  es cuando el niño está tan  divertido que no sabe que está sucediendo”.

  Lynn Koegel

 

Nuestro objetivo es brindar un espacio de construcción con LEGO®,  para que puedan expresar sus intereses y necesidades en forma colaborativa.

A Partir de intereses comunes ofrecer la oportunidad de explorar y liberar la energía creativa de manera social y reglada.

A través de un material estructurado y de contenido flexible motivarlos a expresar con creatividad   en el reconocimiento y la aceptación de sus pares.  Por sobre todo focalizando en sus fortalezas.

Lic. Alicia Paniagua

Lic en Psicología

Docente de Informáica educativa

www.tallerrobotea.com

tallerrobotea@gmail.com

Taller Robotea (Facebook)

Algunas fuentes:

  • Terapia basada en LEGO®. Daniel B. LeGoff , Gina Gómez de la Cuesta, GW Krauss, y Simon Baron-Cohen (2014).
  • El valor de la terapia de LEGO® en promover la interacción social en los niños de edad primaria con  autismo. Miranda Andras, Essex (2012).
  • LEGO® Therapy Training. Gomez de la Cuesta, G London, (2010)
  • LEGO®- based Play Therapy for Autistic Spectrum children in A Drewes and C Schaefer (Eds.) – LeGoff, D, Krauss,G and Allen Levin, S  (2010).
  • Manual for the Implementation of Lego-Based Social Development Therapy for Children with Autism Spectrum Disorders. Owens, G and LeGoff (2007).

 

HABILIDADES BASICAS PARA EL MANEJO DE LA TABLET

HelenkaPor Marcos Admiraal  (Musicotereapeuta)   

Terapeuta del Programa Neurocognitivo de GrupoCidep

Año 2015, los niños y adolescentes crecen rodeados de pantallas como, teléfonos, tabletas, computadoras, televisores de alta definición, entre otras. Los más pequeños se desarrollan creyendo que todo es táctil: le pasan el dedo al monitor de la PC de escritorio, a teléfonos, a la TV esperando poder manejar la información de las mismas a través de un movimiento, un cambio de plano, una variación, y terminan frustrándose por no encontrar el efecto Touch en todas las cosas!

Algunos niños interesados, parecen ser autodidactas y logran comprender el funcionamiento de estos dispositivos, con el simple hecho de ver a otra persona usarlo, o a través del ensayo y error. Otros requieren de la ayuda técnica de un cercano colmado de paciencia pero…¿Qué pasa con las personas que presentan alguna condición que no posibilita el aprendizaje  del mismo modo que en los autodidactas en el uso de estos dispositivos? Desde ya también requieren paciencia, pero también necesitan comprender algunas cuestiones básicas sobre el funcionamiento de las pantallas táctiles ya que son parte de su Cultura y como tal, factor de Socialización.

¿Cómo presentamos por primera vez una pantalla táctil? Para comenzar a trabajar con Tabletas u otros dispositivos táctiles, creo que deberíamos enseñar los aspectos básicos para la interacción con la tableta, las….“Funciones Tecnológicas Básicas”? “Funciones del Manejo Tecnológico”? “Habilidades Teckies”?

en fin…las condiciones básicas para el manejo de cualquier Aplicación utilizada en dispositivos de pantalla táctil, las mismas podrían ser:

1) Enseñar a Tocar la pantalla y  Señalar

2) Enseñar a Apretar y Sostener

3) Enseñar a Arrastrar

Para comenzar a trabajar con una Tableta, suelo presentar, sobre todo en el trabajo con niños, Aplicaciones de Juego del tipo Causa-Efecto. A partir de éstas  ellos son capaces de percibir la sensibilidad del dispositivo, en cuanto a su tiempo de reacción, es decir el tiempo que tarda en suceder el evento luego de tocar la pantalla, y sucede que este tiempo es inmediato lo cual parece ser lo que más convoca su atención.

Para enseñar a Tocar la pantalla, prefiero utilizar Aplicaciones en las cuales el efecto sea producido por el simple hecho de tocar la pantalla sin importar el lugar en la misma. El objetivo sería que el niño toque la pantalla y encuentre su efecto producido en ella, volviendo su atención sobre la misma y motivándolo a volver a tocarla buscando el efecto anterior. Es importante en este momento, presentar Aplicaciones de Causa Efecto simple, donde no se le exija al niño tocar una determinada imagen, figura o espacio de la pantalla para producir el efecto sino cualquier parte de la pantalla, de esta forma, evitamos agregar variables que el niño deba resolver mediante el uso de funciones más complejas. Tampoco es importante en este momento exigir la digitación con dedo índice sobre la pantalla u otro tipo de configuración manual, en este nivel lo importante es el tipo de acercamiento que logra el niño con el dispositivo, lo cual puede darnos una pauta de si es momento o no de empezar con una Tableta,  cómo reacciona? se ríe?, lo busca?, se asusta?, vuelve al dispositivo de manera independiente?, produce verbalizaciones o sonidos vocales?, nos mira a nosotros y al dispositivo?, etc.

Para enseñar a Señalar, vamos a necesitar de Aplicaciones que contengan imágenes, formas, espacios bien delimitados al cual el niño debe señalar, lo cual diferencia a esta función de la anterior. Me refiero con señalar al tocar la pantalla con el dedo índice, para lo cual de ser necesario, debemos comenzar por enseñar la configuración de la mano para el señalado, comenzando con la ayuda mano sobre mano, quitando progresivamente la ayuda. A este nivel se le suman otras habilidades que el niño deberá poner en funcionamiento, como establecer la relación forma y espacio para la ejecución de la tarea, el uso de la coordinación óculo-manual y habilidades de motricidad fina. En este tipo de Aplicaciones se encuentran los juegos de  sonidos de animales, donde se requiere tocar en diferentes fotografías de animales para lograr el sonido, los Memotest, las Aplicaciones de instrumentos musicales, puntualmente Teclados y Pianos, entre otras.

Para enseñar a Apretar y Sostener, aconsejo el uso de Aplicaciones en las cuales, la duración del estímulo/efecto depende del tiempo que se sostiene apoyado el dedo en la pantalla, es decir el efecto permanece mientras el dedo está apoyado en la pantalla, retirado el mismo, el efecto desaparece. Para este tipo de actividad, existen muchas Aplicaciones Musicales, que se presentan como  una botonera y cada botón tiene una melodía, un ritmo o una voz, las cuales suenan mientras el usuario permanece tocando la pantalla sin despegar su dedo de  la misma.

Para enseñar a Arrastrar, el niño ya debió aprender a tocar la pantalla, a señalar, a apretar y sostener, en esta etapa se enseña el arrastre para lo cual es necesario manejar las funciones mencionadas anteriormente. Este tipo de Aplicaciones son juegos en los cuales, hay que desplazar objetos, imágenes, figuras, como por ejemplo armar un rompecabezas, pintar, clasificar, aparear, entre otras. El arrastre requiere de señalar/tocar la imagen deseada, sostener el toque en la pantalla y mover el dedo hacia el lugar objetivo por medio del arrastre sin despegar el dedo.

A pesar de existir algunas Aplicaciones en las cuales podemos tanto Apretar/Sostener como así también Arrastrar, recomiendo, trabajar cada una de las funciones antes mencionadas, por separado y con una App diferente, y una vez manejadas las tres “Funciones Básicas”, podemos presentar Aplicaciones de “Uso Combinado” Hay aplicaciones en las cuales se puede operar Apretando para lograr un efecto y Arrastrando para lograr otro efecto. Este tipo de Aplicaciones deberían presentarse, cuando el manejo del dispositivo, es dominado por el usuario, en lo que respecta a las “Funciones Básicas”. Manejadas estas funciones, el niño se encontrará apto para utilizar distintas Aplicaciones, para el ocio, la terapia, el aprendizaje académico, etc siempre y cuando las exigencias se correlacionen con el funcionamiento cognitivo, emocional y motor del niño.

 

 

Algunas App Para comenzar a meter mano en la Tableta:

TOCAR (IOS y Android) APRETAR/SOSTENER ARRASTRAR
Mini Zoo Keezy: IOS   Sound Brush: IOS
El Bhuo Boo Space House: IOS  Pepi Bath: IOS y Android
Peekaboo Barn Lite Police Car Race: IOS  Theremin: IOS
Magic Piano  en modo SOLO House Slate: IOS y Android  Delirium Free: IOS
                  SEÑALAR Dubpad 2: IOS y Android  Dress-Up Professions:

IOS y Android

 Sound Touch (IOS y Android) Drum Pads 24: IOS y Andro      FingertipMaestro: IOS
Contar123 (IOS y Android) Pepi Tree Lite: IOS y Android
AbA Planet (IOS) Ordenar y Aprender:

IOS y Android

Sequence (IOS) Singing Fingers: IOS y Android

De tratarse bien se trata

 

GenyCharly es el mayor de mis hijos. Joven, de treinta y pico, muy lindo, habla poco, inquieto. Pero, por sobre todo, es una bellísima persona. Además, padece un Trastorno del Espectro Autista.

Unos meses antes de emprender este viaje a Entre Ríos fui con Charly a un famoso local de hamburguesas en Buenos Aires, mi ciudad. Le di dinero para que consumiera lo que quisiera y nos acercamos al mostrador. Carlos se dirigió a la empleada y con un billete de cien pesos extendido en la mano le pidió en voz muy baja un cuarto de libra. De pronto, la chica de lindos rasgos, se transformó en una fea muchachita. Me miró, inclinó la cabeza hacia un lado y, como si estuviera oliendo algo desagradable, frunció la nariz y levantó el labio superior arrojándome un irrespetuoso “¡¿qué?!” como un guante en la mejilla. No fue el habitual “¿qué?” cuyo significado es “no entendí o no escuché”. Su mohín fue un contundente desprecio y una marcada grosería. Creí en ese momento que lo mejor sería que el desaire pasara inadvertido. Repetí un cuarto de libra sin chistar y la señorita antipática me entregó a mí el ticket y también el pedido.
Ayer, estando alojados en Gualeguaychú, Roberto, Charly y yo cruzamos la frontera para visitar Uruguay. A la hora de la cena entramos en Mercedes y fuimos a un agradable restaurant frente a la plaza principal. Charly sonreía muy contento porque pasaban canciones de Fito Páez, Calamaro, Los Pericos, etc. No quería estar sentado y se movía al lado de nuestra mesa al compás de la música. Cuando vino la camarera a levantar el pedido yo le pregunto a mi hijo mirándolo a los ojos:
— ¿Vos qué querés tomar?

— Agua con gas.

A partir de ese momento la moza siempre se dirigió a Charly:

— Y para comer ¿qué desea?

— Papas fritas con huevo frito.

— ¿Uno o dos?

— Uno.

— ¿Con qué lo va a acompañar?

— Con pan.

— Muy bien, señor, lo va a acompañar con pan.

Mientras esperábamos que trajeran la comida, Charly untaba el pan con la salsa golf que la camarera había traído en un platito para mi sándwich.

— Charly debe tener hambre porque a él no le gusta la salsa golf —le dije a mi marido.

— No, es que esa es una salsa casera muy rica, no es salsa golf —interrumpió la camarera.

“¡Qué genia esta mujer!”, pensé. “¿Quién soy yo para decir si le gusta o no le gusta, si tiene hambre o no tiene hambre y peor: ¡cómo puedo hablar de él como si no estuviera!?”

Después, cada vez que traía algo, le decía:
— Caballero, su pedido.
Entonces Charly se sentaba.

Cuando terminó de comer se volvió a levantar.
Luego, al tiempo en que él estaba caminando al ritmo del rock nacional, la camarera le preguntó:

— Señor ¿desea algún postre?

— Helado.

— ¿De qué sabor?

— Dulce de leche.

— ¿Una o dos bochas?

— Una.

— Enseguida se lo traigo.

Charly disfrutó encantado el final de la cena. Una señorita bonita y gentil lo había tratado con cordialidad y respeto. Ella vio a un joven de treinta y pico, muy lindo, que hablaba poco, inquieto. Pero, por sobre todo, reconoció en él a una bellísima persona.

Silvana Sini

Funes, el Memorioso

Jorge Luis Borges
(1899–1986)
Funes El Memorioso
(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, elThesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

1942

Ley de Seguridad Informática. Aplicaciones en el Cyberbullying.

Por Vanesa Aiello Rocha-  Septiembre de 2013

En la actualidad hemos aprendido ciertas cuestiones relacionadas con la seguridad informática a causa de algunos casos de famosos cuyas fotos y videos triple equis han sido publicadas en sitios de internet sin su consentimiento.

La ley de seguridad informática en la Argentina es la Ley 26.388 del código penal. Esta ley refiere a la penalización de quien cometiere un acto delictivo vulnerando los derechos del otro, a través del uso de tecnologías.

¿Cuáles son los alcances?  

En la Argentina, el cyberbullying o ciberacoso no está aún legislado. Sin embargo, el medio a través del cual se comete el bullying o acoso sí lo está, por la ley 26.388 del Código Penal. Además, contamos con numerosos proyectos de ley que intentan modificar la ley 26.206 de Educación Nacional, en los que se realizan propuestas para actuar a nivel de prevención, en actividades de convivencia escolar y se busca responsabilizar a los adultos por las conductas de los menores a su cargo.

¿Qué está pasando  hoy?

Muchas escuelas a lo largo y ancho de todo el país están trabajando en materia de prevención. Muchas veces las autoridades escolares encuentran difícil introducir un tema en la comunidad, cuando ésta no tiene un impacto directo, es decir, si no existe una situación acaecida en la comunidad, que tornara imperiosa la necesidad de abordaje de determinada temática. Pero las autoridades escolares están considerando cada día más el impacto que tiene en la vida de los miembros de su comunidad el uso de tecnologías, debido al acceso facilitado por las netbooks de Conectar Igualdad y por el acceso a telefonía móvil.La tecnología ha llegado para quedarse y con ella, un espacio (el virtual) en el que debemos establecer pautas de convivencia y eventualmente sanciones que protejan los derechos de todos.

Es esperanzador el interés creciente a nivel docente por esta temática. En parte porque los docentes están reclamando a las autoridades educativas espacios de capacitación docente en temáticas “soft”, me refiero con ello a la capacitación en aspectos sociales (en contraposición con aspectos pedagógicos propiamente dichos).  Esto se debe a que muchas veces encuentran situaciones que los exceden y para las cuales los docentes sienten que no pueden actuar solos. Han ido cobrando una creciente conciencia sobre la necesidad de trabajar a nivel comunitario en un entramado social que sostenga las acciones implementadas. Por otra parte, porque los docentes están preocupados por la existencia de este otro espacio, el virtual, en el que los niños se encuentran solos. Si bien es cierto que la principal preocupación docente es el “grooming” (problema que consiste en acciones deliberadas de parte de un adulto, que busca establecer lazos de amistad con un niño o niña por internet con el fin de obtener una satisfacción sexual mediante imágenes eróticas o pornográficas del menor), no menos cierto es que este tipo de abuso ha permitido abordar la temática del abuso-maltrato en la escuela.

Sea cual fuere la vía de entrada, debemos seguir trabajando por una niñez sin cyberbullying