Bullying y Cyberbullying: Expresiones de una sociedad violenta que abruma al colegio secundario

Por Lic. Damián Melcer ( 2009 )

Bullying y Cyberbullying: Expresiones de una sociedad violenta que abruma al colegio secundario

El bullying como concepto suele utilizarse fundamentalmente para denominar una práctica entre los estudiantes, sin embargo las agresiones -de distinta índole- atraviesan a todos los actores educativos: estudiantes, docentes, autoridades y padres. Figuras que están insertas en la sociedad en un doble aspecto como miembros y como expresiones de la misma. Sociedad que manifiesta relaciones expulsivas y con pocas expectativas para los jóvenes en particular.

Diversos programas mediáticos ponen en evidencia esta situación siendo su único divertimento el triunfo de unos mediante la expulsión de otros: “Gran Hermano”, “Bailando por un sueño” o “Cuestión de peso” ponen como referencia la expulsión y la importancia del “ser famoso”. Implementando una lógica que no contempla al “mejor” y al “peor” sino que solo quedan “los mejores”. Por lo tanto la violencia al interior del ámbito escolar refleja relaciones violentas que no solo pueden ser reducidas a la llamada inseguridad.

Los acontecimientos de violencia al interior del secundario tienen una amplia resonancia y se presentan en una mayor escala que en otras instancias educativas debido, en parte, a que sus actores principales (los estudiantes) toman consciencia de la obligatoriedad de cumplir con requisitos que, en términos generales, ya están caducos.

La violencia sucedida el año pasado frente a una docente pone en evidencia esta situación límite. Observando ese hecho encontramos el vínculo docente-estudiante atravesado por dos mandatos que generan una bruma en la relación: Por un lado sostener el espacio de clase desarrollando un ambiente ameno entre los alumnos aplicando un programa que, en muchos casos, data de la década del 70 y por otro lado intentar manejar los cuestionamientos, los silencios, el desgaste y demás situaciones que los estudiantes viven cotidianamente. En síntesis, la “hostilidad” del ambiente al que ambos se exponen. Mantener esa dinámica establecida merece que los estudiantes se encuentren sentados y callados para que podamos seguir dando clases.

Surge, entonces, las condiciones necesarias para que la hostilidad se exprese. En este sentido se presenta la violencia en términos generales y el bullying y el cyberbullying en particular. En definitiva, la violencia es la manifestación del desamparo y de la ausencia de instrumentos con capacidad resolutiva, es el agotamiento de las posibilidades para que los estudiantes puedan realizarse como tales.

La violencia en el ámbito escolar no es una novedad. Lo que si es una novedad son los cuestionamientos de la institución secundaria y del rol de la autoridad ambos atravesados por una época de crisis social. Condicionados por esta época los estudiantes, por su ímpetu, sus confusiones, sus convicciones y sus búsquedas, se presentan como uno de los sectores sociales más influenciables para personificar los tiempos sociales.

Resulta imperativo, entonces, poner en evidencia este mundo en el que están inmersos. El desconocimiento del mismo los priva de la posibilidad de optar. Partiendo de esta concepción el colegio secundario debería generar las condiciones de posibilidad para conformar sujetos que puedan ser conscientes de sus acciones, de sus elecciones y de sus diferencias con los demás.

Bajo este marco debe entonces pensarse, en parte, la violencia en el secundario. No se trata de una concepción meramente contemplativa. El momento de la agresión tiene roles claros que deben ser considerados cuando se interviene sobre el mismo. Ante ese hecho encontramos establecida la relación victima/victimario la cual debe ser modificada, en primer lugar, por la intervención del adulto responsable. Considerando la efectiva crisis de autoridad deben buscarse formas para asumir responsabilidad con los estudiantes de este modo debe entenderse que la autoridad no está establecida rígidamente sino que es el resultado de una construcción y de un aval explicito e implícito por parte de los estudiantes.
Esto es lo que debería considerar el docente, el directivo o aquel que, institucionalmente, se comunica con el joven.

Hoy en día la utilización de las nuevas tecnologías cuestiona el liderazgo clásico del saber frente a un no-saber que se establecía en la relación docente-estudiante. Ese alumno se ha transformado en un ser sumamente dinámico por los medios que tiene a su alcance pero abrumado por los mismos.

Trabajar, entonces, con docentes que conocen las herramientas que los estudiantes utilizan como así también la potencialidad de sus problemáticas permite estar atento a las preocupaciones, angustias y expectativas que ellos siguen trayendo a las aulas del colegio. Que el colegio comprenda este nuevo momento permitirá implementar sanciones efectivamente reparadoras. Si la tecnología se utiliza para difundir la agresión, la burla y el daño ocasionado a un compañero (lo que se denomina cyberbullying), entonces surge naturalmente la pregunta de porqué no utilizar esa misma herramienta para aplicarla como aprendizaje. Conociendo así, en el estudiante, nuevas capacidades que hasta ese momento solo eran potencialidades .

Bajo esta concepción debe cuestionarse el pensamiento expulsivo en el cual se coloca como responsable a quien pone en evidencia el malestar de nuestra cultura y no se cuestiona la cultura que se enseña ni la realidad que rodea a estudiantes y docentes.

En definitiva ¿Cómo los alumnos no van a tornarse agresivos si son ellos los que no pueden –porque no se los involucra, porque se los aísla- pensar las prácticas cotidianas que enmarcan sus vidas escolares? ¿Cómo no se van a tornar agresivos si de lo que se trata, en definitiva, es que se callen y se sienten que debemos seguir dando clases?

Institucionalmente el colegio debería, en primer lugar, cuestionarse por la ausencia de un efectivo espacio de convivencia en el cual los problemas del colegio se diriman a su interior de forma consensuada con la participación de todos los actores escolares. Y en el caso de que este espacio exista –y aun así surjan los problemas- la tarea fundamental será, entonces, la discusión de sus condiciones de posibilidad.

Lo importante que puede ofrecer el colegio está en facilitarles herramientas y colaborar en la construcción de los límites y los alcances que tienen las acciones de ellos. No se trata de penalizar, ni tradicional ni más “duramente” debido a que estas formas de sancionar, hemos visto, no producen los cambios buscados.

Esta consideración no es meramente filosófica es también profundamente pedagógica y práctica. Es posible sostener un ambiente de compañerismo y producción, tanto a nivel individual como grupal. Desarrollando junto a los estudiantes un ambiente de conocimiento y reconocimiento. Pasando de sus particularidades y diferencias al reconocimiento de sus generalidades y similitudes.

El objetivo de que reconozcan la institución a la que pertenecen como una instancia de formación transitoria. Pero en la que ellos son parte integrante. Por eso sumado a los equipos de docentes, preceptores y dirección que están atentos al vínculo que construyen los estudiantes, el colegio debe ofrecerles la posibilidad de que sean ellos quienes se den sus organismos de referencia (consejos de estudiantes, centros de estudiantes, consejos de convivencia, etc.) a través de los cuales puedan legislar compartiendo el debate con los demás actores sobre su vida cotidiana en la institución. Deben poder darse la herramienta para discutir, entre ellos y con los adultos, sobre la normativa y la formación (currícula pedagógica) que constantemente los involucra como sujetos.

Es necesario posicionarse por construir un compromiso con la acción del estudiante y su entorno. Impulsarlo a pensarse “haciendo”. Porque en esa búsqueda se encuentra con sus compañeros como interlocutores y así puede expresarse libremente.

Damián Andrés Melcer (Sociólogo)
Coord. del Área de Convivencia del Colegio Secundario Aula XXI

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